sábado, 25 de abril de 2009

Más allá de Babel -II



"más allá de Babel"
PARTE II


"PRIMER CONTACTO ASESINATO Y FIEBRE"
Sobre Paco, Ashatel y una muerta asesinada.


El silencio electrizado me espanta, como una masacre que los signos ocultos anuncian a mi conciencia más profunda.

[El pensamiento de Paco se desplegaba desnudo ante Ashatel. El alado, atraído, se sentó junto a él]

Nunca pensé que la muerte me la mostraría de aquella forma; con los ojos desorbitados, cada ojo mirando hacia un punto distinto y con la amoratada lengua fuera de la boca; con el estómago tan hinchado, la piel casi transparente y las venas repletas de sangre seca. Los músculos agarrotados.

No era más que una máquina rota.

Tirada en el suelo de mi habitación, esperándome.

Introduje con mis dedos la lengua en su cavidad habitual, sentí náuseas, confusión, y vergüenza.

Froté mis manos con mucho jabón debajo del grifo. En mi dedo índice aún sentía el palpitar frío de la lengua muerta. Como si una y mil veces el dedo empujara la lengua hacía el interior.

La había conocido sentada en un banco del parque.

Abrí la ventana del cuarto, y me senté en una silla vieja, de madera. La silla crujió con naturalidad.

Mirándola, intentaba averiguar que sentía por ella. No encontraba respuesta. Y empecé a preguntarme por La Muerte, representada en aquel momento con toda su majestad sobre ese cuerpo. Cuerpo que ya no mantenía la sonrisa ingenua que me cautivó en el parque, hace unas semanas:





" Te vengo mirando y creo que te conozco, aunque no consigo recordar de qué." Me dijo.

Me sorprendió que se dirigiera a mí, normalmente no me dirige la palabra ninguna mujer desconocida, bueno, la verdad es que tampoco muchas conocidas. Comenzó a hablar sin parar, yo no tenía tiempo para articular palabras. Me pidió el teléfono, se lo apuntó sobre su bolso de terciopelo naranja. Me dio un profundo beso en los labios, y se marchó.

No la había vuelto a ver hasta ahora, desplegada sobre el suelo de mi habitación.

No me brotaba ni una sola lágrima, y aquello me dolía. Intentaba consolarme,… pensar que ella permanecía en aquel parque, y no desparramada sobre mi alfombra.

Pero aquel cuerpo estaba allí, grotesco, vacío, recordándome los gatos atropellados que van perdiendo su forma tridimensional, hasta convertirse en un solo plano sobre la carretera.

Ella no estaba allí, seguramente tampoco estaba en el parque. No estaba en ninguna parte. Estaba acabada, perdida en el pasado, totalmente ausente del futuro. Y yo no sabía como encauzar la situación.

Tenía que llamar a la policía o algo parecido. Estaba muerta en mi habitación. ¿Tenía yo una coartada?, ¿Tendría alguna razón para matarla?.

La puerta no estaba forzada y nunca le había dado las llaves de mi piso. Pero ella ahí estaba, fastidiándome. De alguna forma tuvo que entrar en mi casa y, aunque la policía era la encargada de esclarecer la forma en la que ella se introdujo, no podía dar por controlada la situación ni mucho menos. Inquietud atacando mi conciencia, la inocencia no se apoderaba de la escena.

Llamé.

¡Hay una mujer muerta en mi casa!.

¿Quién es Vd.?

La voz chirriante de aquella telefonista hurgaba en mi sesera impidiéndome pensar con fluidez.




¿No se lo puedo explicar luego?, Estoy muy nervioso.

¡Deme su nombre inmediatamente, por favor!

Soy Francisco Escobedo Parra.

Sentí deseos de morir al confesar mi nombre a una supuesta policía, quizás una simple funcionaria, pero...

Calle del Plátano, 16.

¡Enseguida llegará una patrulla!.

Aún no me había definido por declarar si conocía o no a esa mujer muerta. ¿Y si aparecía una amiga suya, afirmando que nos conocíamos?. Contradiciéndome. Era una posibilidad.

No se veían signos de violencia, ni sangre, ni heridas, ¿Cómo habría muerto?. Ahí es donde se ocultaba la clave, como su hígado en el interior de su cuerpo.




¿Deseas hacer el amor conmigo... follarme?

Claro que sí.

¿Y por qué no me lo pides?,

No te entiendo.

¡No entiendes nada Paco! .


No todas nuestras conversaciones telefónicas habían sido así ni mucho menos. Pero una nueva perspectiva óptica, al posicionarme de nuevo en la habitación, frente al cadáver, me ofreció una visión de su sexo abierto y muerto. Automáticamente me hizo rememorar aquella conversación telefónica.


Me cantaba por teléfono canciones de Silvio Rodríguez, al tiempo que confesaba sus limitaciones intelectuales (no pasó de 1º de Historia). Lamentaba que sus padres no la quisieran, porqué era la cuarta de siete hijos, además fue yonqui durante un año, ellos lo supieron y nunca se lo perdonaron. Fue una tontería, pero fue así y no hubo forma de cambiarlo.
Me contaba sus problemas con su compañera de piso, la tal Alicia, mitad su amante, mitad su sanguinaria enemiga.



¿Qué crees que conoces de mí?

¡No sé...!,¿ Algo...?, ¡Tal vez nada!

¿No entiendes que el lenguaje es un virus... ?

Quizás..., lo dices por qué se trasmite de padres a
hijos... entre hermanos, entre las personas que te encuentras a lo largo del camino .


¡Transmíteme algo tuyo, Paco!,...Algo distinto,
no compuesto por palabras manoseadas. Palabras tan
usadas que ya no contienen ningún sabor a ti.

¿Telepatía?

¡No!, ¡Algo totalmente personal...!....Aunque sea…
con recurrentes palabras.




Palabras, palabras, palabras, cuales serían las mejores palabras para alejar a la policía de mi vida, dirigiéndoles exclusivamente a la muerta, que me era en algún sentido tan ajena, y en otro de una cada vez mayor engorrosa cercanía.

¿Si no era culpable por que temblaba?, ¿Qué era lo importante, ser inocente o parecerlo? No tenía que perder los estribos. Yo no había hecho nada. Luego nada tenía que temer.


Pero aún no siendo condenado, aquello podría suponer un sin fin de trastornos en mi vida cotidiana. Declaraciones, tanteos, investigaciones, mi vida privada en manos ajenas, el castigo eterno de las miradas desconfiadas de vecinas y familiares, que nunca terminaran de digerir mi absoluta inocencia. A la gente le encanta desconfiar.


No soy malo pero tengo mis cosas..."¿Dónde estuvo la noche del crimen?", Estuve solo, en la montaña, reflexionando..., "¿Sobre qué?", ¿Qué importa sobre lo qué reflexionara?. Estoy seguro de que pensaran que son solo chorradas.







"¡Necesitamos Saber, Saberlo Todo!", ¿Todo?,
"¡Sí todo!".

¿Que interés puede tener para nadie saber lo que se me pasó por la cabeza aquellos tres días en que estuve ausente?




Desde luego, no pensé en la chica que en aquellos momentos moría en mi hogar. Recuerdo que llovía. Eso pudo influir en su estado de ánimo. Yo me dejaba mojar como si fuera una máquina. Intentaba eliminar el virus de la palabra de mi pensamiento, integrar mi conciencia con mis sentidos, estando en contacto directo con la naturaleza.

Naturaleza que en aquella ocasión estaba representada por cien metros cuadrados de pinos. Una isla verde rodeada de monte quemado."¿?". No tengo coche, y no puedo andar demasiado por el monte con mis débiles tobillos, así que me hospedé en el primer pedazo de verde que me encontré al descender del autobús de línea.

Ella dijo que el lenguaje es un virus... ( como Laurie )

..."¡Mira una escultura!, Siéntela... pero no la definas con palabras...

Yo no pensaba en ella, incluso intentaba no pensar en sus palabras.

Veía amanecer y pensaba en como poder contárselo a alguien, cuáles serían las palabras adecuadas. Pensaba que era tan hermoso como las postales kich de enamorados. Recordaba la primera vez que vi amanecer escondido desde el balcón en el séptimo piso de la casa de mis padres, era un niño con doce años que nunca antes había visto amanecer.







Invocaba a la plenitud absoluta de la percepción de aquel amanecer. No conseguía dejar de pensar con palabras y en palabras, comprendía lo lejos que estaba de aquel conciso y concreto amanecer. Como estaba lejos de cualquier otra realidad precisa que me rodeara. Vivía en el tópico de una vida similar a la potencialmente mía, definida previamente en la totalidad de los más burdos aspectos.


-¿Creé que padece algún tipo de inestabilidad o problema emocional? Me preguntó un policía.

¡Jódete con el tipo este! No me atreví a decirlo, me limite a pensarlo ¿Acaso creé que él soportaría íntegro un test de estabilidad emocional ?, ¿ O es qué pretende decir algo más qué no dice.?, ¿O será verdad que pertenezco a un reducido grupo de personas, que de pronto un día de cada tantos se deprime, se siente vacío, desperdiciado, o aparcado en un continuo " Ya llegará mi momento de...", invadido por una sensación de vivir en pasado, en la que el presente es inalterable, y de la qué por supuesto, el gratificante futuro se encuentra muy lejos.?

No en especial fue mi respuesta.

¿Pero es cierto que ha recurrido a algún tipo de tratamiento para enfermedades psíquicas o desarreglos de la conducta? Insistía el jodido madero.

Si... confesé escuetamente.

Pero mi problema, no era que sintiera ningún impulso de arrebatarle la vida a nadie. Más bien a mí mismo. No me atreví a añadir este pensamiento.

Todo llegó, y pasó muy rápido.

Hubiera preferido quedarme en casa, pero tuve que acompañarlos. Empecé diciendo mi verdad, era lo menos complicado.

Llegué y la encontré aquí. En ese estado... no sé lo que pudo pasar.

No preguntaron si la conocía, supuse que lo daban por echo.



Pidieron que les acompañara a la comisaría. No me acusaban en principio de nada, incluso parecían amables, y considerados. Inseguros de mis sentimientos hacía la muerta.

¿Dudaban entre tratarme como su amado esposo o su supuesto asesino?






No me gustó dejar mi casa con la puerta abierta y con un montón de gente dentro. Pero eran policías y cualquiera les decía algo más, dadas las circunstancias.


La comisaría era oscura y húmeda, mucho más cutre que cualquier supermercado. Estaba repleta de carpetas amontonadas, olvidadas, cubiertas de polvo, todo era viejo, todo estaba visiblemente cansado de permanecer allí encerrado, dentro.

¿De qué conocía a la muerta?, ¿Cómo se llamaba?, etc. Preguntas que sorteaba como podía..., daba respuestas breves y concisas. La vi una vez, simpatizamos, le di mi teléfono, de vez en cuando me llamaba, no lo sé, ¿A qué se refiere?.

¿ De que creéis que ha muerto ? , Me sorprendió escucharme a mí mismo, arriesgándome, realizando una pregunta.


Parece que por asfixia.

¡Murió estrangulada!. Pensé.

"Por la ausencia de signos externos de violencia, debió de ser alguien en que ella confiaba".

¿Quién pudo ser? Nadie me contestó

¡En mi propia casa, Dios mío!.

¿Cómo se llama el psiquiatra al que visita y en qué fecha lo hizo por última vez?




Lo visité hace 2 años, pero no era un psiquiatra, por Dios solo era un psicoanalista... Arturo Jumilla. En la Avda. Pérez Galdós, el número no lo recuerdo.


El espacio entre la vida y la muerte se me presentó como un fino hilo.


Empezaban a dolerme agudamente las plantas de los pies, eran pinchazos agudos, muy concretos. Sentí la presión del calcetín, la del zapato y la de aquel nuevo funcionario aún más rudo que los que anteriormente me llevaron de mi casa.




Y aquel sudor frió, que bajaba por las sienes, que era tan capaz de reconocer.

¿Y la fiebre?,

Póngale un supositorio, y si no baja la temperatura a menos de 38'50, métalo en la bañera.

Era la fiebre, corriendo por mi espina dorsal, tan fiel compañera durante tantos años.

"...métanlo en la bañera". Dijo aquel enorme doctor. Yo era tan poca cosa, apenas rondaría el metro. Mamá, redonda como un globo. Las paredes cóncavas o convexas, tan anárquicamente dispuestas.

La culpa era de papá, como siempre para mamá. Aquella corriente de aire, fue tan exactamente prevista por la gran meteoróloga doméstica que era mamá.


"¡Ahí va a hacer demasiada corriente!, ¡No juegues con el niño ahí, Paco!.

Yo no sentía dolor, me sentía confortable, replegado en mi mismo. Manolo, mi hermano, escuchaba al Titi, y yo veía colorines a mí alrededor. Pensaba que estaba comenzando a percibir algo que siempre estuvo allí. Algo que se encargaban de ocultar mis horribles gafas metálicas, durante los periodos de salud, de ausencia de fiebre. Formas y volúmenes flotando en el denso espacio vacío de la habitación.

Podría volar.

¿ Se encuentra bien ?. La voz del funcionario intentaba abrirse paso entre las brumas de la fiebre que me envolvía en la comisaría.

Podría volar.

¡Échese un momento! Me condujeron a un calabozo.

Recostarme en aquel camastro, pareció lógico, debía de ser el lugar más cómodo de toda la comisaría. Pero en el momento en que me dejaron solo y cerraron la puerta, sentí la gran inquietud.


Yo, tan inocente, en estado febril, mermado en mis capacidades. Totalmente incapaz de encauzar la situación.

Encerrado. ¡Maldita Fiebre!. Deseo volar.

Hacía mucho tiempo que no volaba, ¡Tanto tiempo!. Desde aquel día en que quise descender y no podía.


¡Paco, el niño se nos muere!, ¡Paquirrín se muere!. ¡Manolín quita la música!, ¡Que esta vez va en serio!.

Juanito Valderrama y Dolores Abril me sonaban a repique de campanas. Siempre discutiendo, era nuestro himno familiar.

¡Que me voy!, ¡Que te dejo!.

¡Que se va!, ¡Que el nene se nos va!.

Y yo ya me veía dentro de la caja blanca de pino, todo oscuridad, absoluto silencio.



Nunca sería mayor, ni volvería a ver a nadie, no volvería a masturbarme de una forma imaginativa ni de ninguna otra. No vería morir a mis padres. Sería el eterno vacío. Aquella última palabra me llenó de pánico. Negro.

Vacío. Lo presentía como la absoluta desintegración de mi ser. Quería tanto creer en Dios pero no podía.

La familia llorando, y yo volando por ahí.

¿Infierno o vacío?, Me preguntaba qué es lo que me encontraría en mi viaje fúnebre. El cielo me parecía vedado. Aún no había tenido tiempo para enmendar mis pecados, que aunque ahora pueden parecer poca cosa, en aquel momento remordían mi conciencia.

El arrepentimiento lo había pospuesto para la vejez, como todo el mundo. Falso tiempo e imaginado tiempo de preparación para la muerte.

Prefería el infierno, pensaba que allí, con el tiempo me arrepentiría sinceramente. Y si no Dios, porque eso hubiera sido demasiado para un ateo como yo sí algún ángel o arcángel hubiera venido a rescatarme de las ollas, compadecido del sufrimiento injustificado de un arrepentido. Pero la negritud y el silencio me iban envolviendo. Te juro que no sentía ninguna paz cósmica, ni fraternal amor, como otros resucitados afirman. Lo mío, era un acercamiento al vacío puro y duro.

Afortunadamente pronto volvieron las formas Kaleidoscópicas. Aún recuerdo con estremecimiento el momento en que mis familiares se abrazaron ante la apertura de mis ojos y yo con los ojos como platos, mirando fascinado las formas y los colores que la fiebre y la miopía proyectaban exclusivamente para mí. No me atreví a volver a volar. Preferí la contemplación gozosa de aquellas visiones febriles, y a partir de aquel día ante la aparición de las primeras décimas de temperatura ya me introducía en la cama, ilusionado, dispuesto a disfrutar intensamente de aquel estado de gracia particular.

Las enfermedades fueron el proceso propio más intenso y fiel que pude percibir durante toda mi infancia.

En el calabozo no aguantaba más las punzadas en los pies.

Decidí descalzarme, y ante mi asombro aparecieron una docena de setas en la planta de mi pie. Amarillentas y de aspecto áspero. Me recordaron a la piel de la muerta. Los arranqué con furia, en estado histérico. Los arrojé lejos, y sentí el fluir de minúsculos riachuelos de sangre. Me recosté de nuevo en el lecho. Nunca oí nada parecido, quizás la rosa de cristal que crecía en el pecho de un personaje de Boris Vian. No soy una persona muy instruida, he leído muy poco, pero presentí que alguien habría escrito algo parecido en alguna parte. Hacía tiempo que sospechaba que todo estaba escrito, todo estaba vivido. Supuse que más personas habrían pasado por lo mismo, sino en el pasado o en el presente, sí en el futuro.


Sólo necesitaba las setas para empezar a dudar aún más de mí mismo. Acompañado de la fiebre, comenzaba a encontrar igual de abstracto y ajeno, el haber pasado tres días en cien metros cuadrados de pinos, que el haber llegado a casa, haber asesinado a la muerta, haberlo olvidado, haberme salido al balcón, y rodeado de geranios imaginarme la visión de un amanecer.


Siempre había echado de menos tener una memoria sólida, capaz de rememorar cualquier episodio de mi existencia, como la de muchas personas de mi entorno. Siento que por eso empiezo a morir antes que mucha gente, con mi pasado perdido, fuera de mi memoria, inconexo. Por eso quizás sigo sin conocerme.

Eran los malditos champiñones los que alimentaban mi amargura. Y la fiebre no conseguía, como antaño, aislarme del dolor.

No sé como llegue al hospital. Del calabozo al hospital. ¿Síndrome de que...?,¡Yo no tengo mono!, solo tengo un poco de fiebre...


¿Que le sucedió en los pies...?

Sí esperaban que les contara lo de las setas, iban listos. No quería tirar más piedras sobre mi tejado. Les deje hablar a ellos, no quería ni escucharles, ni dejarme invadir por más confusión. Que cada uno hiciera su trabajo.



Nunca me he atrevido a tomar drogas, pero en manos de profesionales, me encanta ser calmado y sedado. Metieron algo en mis venas, y me preparé para el viaje.

A estas alturas, la muerta debería de estar en un tanatorio, quizás en este mismo hospital, en un velatorio discreto, o encima de la mesa de algún forense que con precisión procedía a destriparla. Prefería imaginármela en el velatorio. Entre sus seres queridos, incluso acompañada por el verdadero asesino, que tranquilamente distribuiría el rumor de "Ya han pillado al asesino", esta ingresado en el hospital "¡Que lo maten!" replicaría una voz piadosa.




Estarían allí sus padres. Accediendo a la fácil reconciliación pública que permite la muerte. Para que ocultar lo fácil que resulta reconciliarse con un cadáver. ¿Se sentiría su madre tan desgarrada como la mía?, Quizás se sintiera liberada. Me era fácil imaginarla, sentada junto al ataúd, desesperada y satisfecha, observando allí dentro a su pobre hija, toda rota, humillada y muy muerta.

Todo acto de muerte conlleva un acto de debilidad, de derrota, de reconciliación.

"¡La mala vida la mató! sollozó, ¡ Ya sé lo decía yo! ¡Dios la ha castigado! . ¿Es posible que dios se convirtiera en el brazo justiciero de aquella pobre madre?, Desde luego de Dios cabe esperarse cualquier cosa. Mientras, todo el mundo susurrando, "¡Pobre Madre!, ¿Cómo han podido hacerle esto?"

¿Mantendría mi madre su confianza en mí?. "¡El no ha sido!, ¡Es incapaz!, Si hasta se ha puesto enfermo solo de verla". O quizás dudaría de mí. Sintiendo su corazón partido entre el amor irracional hacía su hijo y la compasión hacía otra madre, la mami de mi presunta víctima.

Y en un rincón, vi a su compañera de piso, y algo se encendió en mi interior.


"Cógete el miembro con la mano izquierda... ¿ya? ...agárrate el pellejo con la punta de dos dedos... ¿Ya?... Estírate hacia arriba. Y ahora piensa en lo que te podría hacer si estuviera ahí, contigo...avísame cuando el glande se hinche y separe tus dedos ...Ja,Ja,Ja... ¡ Sí mi compañera me escuchara, es que seguro, que me mataba aquí mismo!".


Sentía la necesidad acuciante de acercarme al velatorio. Seguro que si interrogaba a esa "arpía" averiguaría muchas cosas.

Pero ya no podía volar.

Un enfermero entró en la habitación. Enchufó el aire frío del aparato de aire acondicionado. Lo puso a tope, y de un tirón me retiró la sabana. Quedé desnudo sobre una cama, muerto de frío, y la fiebre no bajaba.

Mi nombre ya debía de andar circulando por multitud de cintas y circuitos magnéticos. Informatización. Ya nadie se
acercaba a hacerme preguntas, los bancos de datos se encargaban de responder por mí... Treinta y tres años, soltero, estudios de magisterio inacabados, exento del servicio militar por miopía. Sin antecedentes (hasta ahora). Tres multas de tráfico pendientes de pago. Situación económica precaria. Abundan los descubiertos en sus cuentas. Retirada la tarjeta Visa por repetidas demoras en el pago de los plazos. Vive en una casa de alquiler. Paga 23.000. pts al mes por dicho alquiler. Su vehículo es un utilitario Seat 124 con matricula V 9688 AE. No se le conoce afiliación política. No tiene trabajo fijo, en la actualidad recibe un subsidio por desempleo. Su último trabajo registrado fue de peón en una fábrica de lámparas. Y su historial sanitario es.......bla,bla,bla....., (no lo incluyo por extenso).

Tiritando de frío sobre la cama, desnudo, indefenso, volví a sentir los riachuelos de sangre en los pies, en esta ocasión notaba la sangre fría. Fue inevitable que me desmayara.

¡He intentado leer un libro!, Y ... no puedo. ¡ ¡Me siento muy mal!.


"No tienes porqué Paco, en el fondo leer no sirve para
nada. Imaginas, te evades, crees que aprendes algo y luego vuelves a la realidad y.. ¡Has perdido el tiempo!. Y lo peor es que te has llenado la cabeza de visiones que no son las tuyas, y que contribuyen a alejar tu mente de la realidad que te circunda.


¡Lo dices porque tu has leído mucho!, Estoy seguro que has sido una lectora empedernida, y que a partir de un punto, has llegado a una saturación, en la que te has planteado vivir más intensamente tu propia vida.

No he llegado a ningún punto!, Simplemente me he dado cuenta de todas las contradicciones que han arraigado en mis ser, como criaturas extrañas, engendradas en lecturas efímeras y confusas. He sacado conclusiones, mensajes y reflexiones que se superponen en mi mente, sin orden ni solidez. Hoy pienso una cosa y mañana todo lo contrario, nada me ha servido de verdad para nada.

Al día siguiente me volvía a llamar:

"Sin los libros no merece la pena vivir... , son el único medio que encuentro para conectar con otra persona. ¿Crees que los que escriben, lo hacen pensando en gente como yo?."

¡No lo sé!

"A veces me gusta pensar que sí lo hacen, que imaginan un lector imaginario, al que le cuentan sus cosas. Cuando yo abro un libro creo que me materializo en esa persona. A veces me gustaría acercarme a un escritor y decirle que yo soy su lectora imaginaria. Que yo me he introducido en su intimidad."

¡Yo creo que son personas normales!, Incluso peores, personas que en vez de hablarle a alguien cara a cara, se pavonean delante del silencio ajeno. Ese acto de vanidad es el que hace que incluso yo, que soy incapaz de leer, quisiera llegar a escribir una gran novela.

¡No seas tan cruel Paco! su vocecita sonó frágil

¿Por qué no lees a Stª. Teresa de Jesús?, A mí me ayudó a salir de mi propio mar interno de oscuridad.

"¡Paco!, ¿Me oyes?...Necesito hablar hoy contigo sobre el concepto de amor según Eric Fromm."

¡ Lo siento!, pero tengo tanto frío.....

"¿Es por mi muerte?"

Imagino que indirectamente si. Dime por favor, necesito saber quien te mató. ¿ No fui yo, verdad ?.


Silencio. Los muertos no confiesan el nombre de su asesino, en todo caso utilizan siniestros medios de venganza.

Sentía que ya me desmayaba y me despertaba continuamente, era un extraño juego de guiños de vida y muerte. Poner orden era lo que necesitaba. Reorganizar mi información, quería saber. Pero pronto me di cuenta que tenía otra prioridad, descansar. La fiebre desaparecería tarde o temprano.

Y entonces todo estaría claro. Empecé a ver borreguitos que saltaban por encima de mi cuerpo helado como el de un muerto, y me dormí, sin desmayos ni delirios, como por primera vez."

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